lunes, 22 de agosto de 2011

Espacio público: ágora vs. explanada del templo


¿La democracia nació en el ágora de Atenas? Resulta poco probable que los grupos igualitarios de cazadores y recolectores no se hubieran regido por métodos democráticos mucho antes, pero sin duda Atenas reinventó la democracia en las ciudades-Estado que hasta entonces se había organizado en torno a tiranías de base religiosa (el poder de la fe) o secular (el poder de las armas). Mucho antes que el ágora de Atenas nos encontramos con ciudades cuyos únicos espacios abiertos eran la explanada del templo y la gran vía ceremonial por donde circulaban las grandes procesiones. De hecho, los espacios democráticos de la antigua Grecia parecen ser más la excepción que la norma: los grandes foros romanos vuelven a ser un espacio de exhibición del poder frente a una masa que mira, escucha y, sobre todo, calla cuando no toca ovacionar. Siguiendo a Lewis Mumford en su La ciudad en la historia, la Edad Media fue otro momento de esplendor democrático en las ciudades europeas, pero pronto quedó subyugado por el nuevo urbanismo barroco de los reyes absolutos, y así hasta el París de Haussmann, con su inigualable capacidad para combinar la grandilocuencia escenográfica con la apertura de espacios aptos para el uso de ametralladoras (contra el pueblo, por supuesto). Después podemos encontrar toda una tradición de ciudad bella, tanto en su vertiente historicista como moderna, entre cuyos máximos exponentes podríamos citar la Germania de Albert Speer o la Brasilia de Lucio Costa. Todos ellos espacios sublimes, donde el ser humano debía sentirse, pues tal era su objetivo, pequeño y miserable frente a la grandiosidad.

Eje monumental de Brasilia en todo su esplendor... vacío. 

Sin embargo, no debemos engañarnos. Hoy en día todos estos espacios urbanos cumplen una función supletoria y sólo se utilizan en casos muy singulares. El auténtico espacio donde se representa el poder está en los medios de comunicación, sobre todo en la televisión. Los grandes desfiles, los grandes discursos dirigidos a las masas, la escenografía del poder, están situados hoy en día más que nada en la televisión. ¿Cómo sabemos quién es importante? Porque sale en televisión, porque se le anuncia con rimbombancia, porque alecciona a las masas desde la distancia y la altura que sólo otorgan determinados estrados mediáticos. Por eso la televisión se convierte en el principal medio de manipulación, porque el mero hecho de aparecer en ella otorga un status: relevancia para el conjunto de la ciudadanía. Y todo lo que no aparece en TV queda relegado a hecho local y anecdótico, de un interés relativo y, en cualquier caso, minoritario. Por eso las voces disidentes pueden tener espacio en periódicos (son medios de información especializada), pero no en los grandes espacios de representación de TV. Por todo ello, la televisión asume en nuestros días el papel de explanada del templo, un espacio al que sólo unos pocos pueden acceder, pero al que todos observan con devoción para saber cuáles son los designios de la divinidad.

Lo más definitorio del espacio no son las paredes o los muebles, sino las cámaras.

Hay alternativas al espacio virtual televisivo (en caso contrario hace tiempo que habrían desaparecido cualquier tipo de disidencia colectiva), y lo son porque ofrecen espacios donde la comunicación puede ser bidireccional y, por tanto, darse un diálogo y no sólo un eterno monólogo del poderoso. Internet se ofrece como la alternativa virtual a la TV (y otros medios de masas) en la medida en que facilita que todos los usuarios participen de forma activa y no sólo pasiva. Internet ha permitido que se multipliquen las voces y las fuentes de información accesibles, pero tiene una limitación: cada grupo de intereses y, sobre todo de opiniones, tiende a aislarse de los demás, a acudir exclusivamente a las fuentes de información que les confirman sus opiniones previas, en definitiva, a crear un espacio propio y exclusivo donde los demás simplemente no existen. Este aislamiento, posible en la maraña de conexiones electrónicas que constituye la red de redes, es imposible en la calle. Mientras que Internet ha permitido que afloren multitud de mundos paralelos e independientes, donde cada cual encuentra contactos en función de afinidades de lo más diversas y toma conciencia de que no está solo, la calle, el espacio público, nos obliga de nuevo a la convivencia con personas que tienen intereses distintos a los nuestros, y también opiniones encontradas. El espacio democrático es aquel donde se hacen visibles los conflictos, pero también donde existen las herramientas para buscarles una solución consensuada.

Esta pasada semana Madrid ha vivido uno de esos conflictos que sacuden el espacio público, cuando se han confrontado dos formas de concebir la política. La política como espectáculo mediático de masas, donde la mayor expresión del éxito ha sido el volumen de peregrinos concentrados para escuchar, pero no para hablar, ya que la palabra estaba reservada para una sola persona (y aquellos inmediatamente por debajo). En este caso, el espacio urbano de Madrid se quedaba pequeño para tales menesteres, hubo que recurrir a las afueras, a Cibeles (zona de recreo de los Austrias) y a Cuatro Vientos (gran infraestructura de la periferia), para organizar un espectáculo de masas de escala planetaria. Ocurre lo mismo con los grandes desfiles o con los grandes festivales de música, que están restringidos a una serie de espacios muy concretos que por su escala y tamaño se sitúan fuera de la vida cotidiana de los ciudadanos. Frente a estos espacios, la minúscula Puerta del Sol se ha convertido en el epicentro de la democracia asamblearia de Madrid (y de España). Esta plaza, por supuesto, sólo tenía un papel marginal (de paso) en todas las celebraciones masivas de la JMJ, ya que resultaba totalmente inadecuada para cualquier evento masivo, pero al mismo tiempo se ha convertido en el escenario del mayor de los contrastes, el que se da entre la parafernalia de una teocracia de masas y una asamblea de ciudadanos libres.

Cordón sanitario en torno a una concentración pacífica... Parecerían un grupo de cristianos a punto de ser arrojados a los leones (finalmente, la concentración fue disuelta de forma violenta por la policía.).

Para terminar una última reflexión... ¿sería posible todo esto en el espacio privado de un centro comercial? Tal vez la JMJ sí, después de todo cuentan con sus patrocinadores, pero desde luego las asambleas ciudadanas, que se reunen a hablar y debatir libremente al margen de los intereses mercantiles (y tal vez en contra) no tendrían sitio en dichos sucedáneos de espacio público. Pensemos en ello cuando reducimos nuestras calles a meras tuberías de transporte y enclaustramos toda la vida social en espacios privatizados.

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